
Por: Manuel Andrés Viloria Rivera, IG
Colombia parece haberse acomodado en el reino de la superficialidad, una era cantinflesca –con la venia de Mario Moreno- en que quienes dirigen el gobierno elevan el tono de un discurso apocalíptico y pretencioso que, sin embargo, parece carecer de todo contenido objetivo. De tal manera que para seguirle el paso a la Patria Milagro tendremos que entender muy bien qué dicen para poder enfrentar adecuadamente lo que hagan, cuando lo hagan. Porque la complejidad hermenéutica de la ópera de Abelardo no reside en la profundidad de lo comunicado o la trascendencia de lo hecho, sino en el pastiche kitsch con que todo se envuelve. Al presidente de mi país le calan a la perfección unos cuantos versos de Roque Dalton (s/f)
Y El presidente de los Estados Unidos
Es más presidente de mi país,
Que el presidente de mi país…
Porque Abelardo de marioneta tiene mucho más que solo el nombre. El problema es que es un títere orgulloso y con ínfulas de amigo del titiritero.
Dice tantas veces dios, patria y milagro que parece que Godofredo Cínico Caspa se hubiera fusionado con uno de esos pastores evangélicos tan en tendencia en redes. Aparentemente ajeno a toda consistencia discursiva lógica ¿A qué dios invoca un ex ateo bendecido en su posesión por ministros de diversas religiones? ¿A qué deidad se refiere este señorito de barrio fino del Sinú elevado a las más altas indignidades? ¿No decía Mateo que no podéis servir a Dios y a Mamón? (Mateo 6:24)
¿Cuál es la patria que defiende quien prometió destriparnos? Ciudadano de muchas partes, súbdito del capital financiero, Abelardo defiende la misma patria que defendió Cortés Vargas en 1928… ¡Cabrones! ¡Les regalamos el minuto que falta!
¿Y dónde está el milagro? ¿Que no se habían acabado ya los mágicos?
La opereta que se inauguró el 7 de agosto no es un fenómeno local aislado, nada hay de original ni en sus formas ni en su contenido, sino que constituye la manifestación nacional de una dinámica global.
Desde el 25 de diciembre de 1991 los Estados Unidos se enseñorearon del mundo sin contraparte alguna en la búsqueda de la hegemonía global, cabalgando en el vaticinio de Fukuyama de que la historia tocaba su fin y la República democrática liberal construida en torno al decálogo de Williamson de 1989 serían la última de las configuraciones que adoptaría la sociedad. Bastaba con llevarla allí donde aún no había llegado.
Pero el carácter cíclico del que habla Marx en el Capital y la tendencia decreciente de la tasa de ganancia, dos de los mayores descubrimientos del genial alemán, demostrarían que la realidad te aplasta, creas en ella o no.
Tres grandes crisis globales después y otros tantos eventos sistémicos como el Covid–19, los Estados Unidos se enfrentan hoy al desafío chino por el predominio económico global y a los resultados, contados en miles de muertos, de arrinconar militarmente a Rusia desconociendo los acuerdos OTAN – Rusia de la década de los 90.
El mantenimiento de su hegemonía global en medio de la ya mediocentenaria decadencia social y cultural constituyen los determinantes de la política exterior norteamericana. La bomba del fentanilo y la drogodependencia gringa, las más de 35 millones de personas que viven bajo la línea de la pobreza, los más de 16 millones que viven en pobreza extrema, la crónica falta de salud pública, la promoción oficial del racismo y la xenofobia, son el caldo de cultivo perfecto sobre el que se proyecta el fenómeno global del trumpismo, del que Abelardo no es sino una escena suramericana más.
La “nueva derecha” global es una peligrosa combinación de individualismo metodológico, ultra liberalismo económico, el más reaccionario conservadurismo político y social y un anti intelectualismo del que constantemente brotan aberraciones anacrónicas como el terraplanismo, el movimiento anti vacunas, el negacionismo del cambio climático y otros, con graves impactos como el retorno del Sarampión a los Estados Unidos casi treinta años después de su erradicación.
Todo lo anterior en el marco de la mayor cruzada anti derechos de los últimos años que ha elevado discursivamente la apuesta hasta niveles inconcebibles en el debate público hace apenas una década como el de la supresión o renuncia a los derechos políticos de las mujeres en los Estados Unidos o la afirmación falaz de que, ya que alguien debe pagarla, la educación no puede ser considerada un derecho.
Nuestro capítulo nacional reivindica por igual a Agustín Laje y su “batalla cultural” nuevo nombre para el mismo anticomunismo de la triple A y la escuela de las américas, que a Hayek y Von Mises en su pretendida refutación de Marx. Al mismo tiempo marca el retorno de los descendientes de Laureano Gómez al poder, más retardatarios que nunca.
Derecho al voto para los militares, negar el conflicto armado, la idea argumentalmente insostenible de que la educación administrada por privados es, a priori, mejor que la educación pública y una cruzada para “desideologizar” unos inexistentes materiales escolares sacando a Marx y reintroduciendo a dios de las aulas… lo que sea que eso signifique, son solo algunos de los aspectos de esta reconfiguración de la derecha nacional que constituye el gobierno de Abelardo.
¿Cómo debemos responder los demócratas de Colombia al reto que nos impone este gobierno?
Más allá de calificativos hoy casi sin significado práctico como el de izquierda o socialdemocracia, todos aquellos que consideramos que una república democrática fundada en el respeto irrestricto al disenso y la diferencia debemos recuperar la intención comprehensiva que precede al discurso político de la resistencia civil y la transformación nacional.
La dinámica global que inspira, respalda y explica la emergencia y consolidación de un movimiento político con las características del que respalda al gobierno de Abelardo tiene una explicación que va más allá de las discutibles facultades mentales de personajes como Donald Trump o Javier Milei. Se trata de un imperialismo que pugna por mantener su lugar como hegemón global ante los retos que sus más recientes competidores le imponen.
Comprender el papel histórico del imperialismo presupone que este se entienda como un fenómeno económico, político e ideológico propio de un estadio particular del desarrollo capitalista global que va mucho más allá de las aventuras militares por control de recursos y territorios, para ello es necesario tomar como punto de partida la propuesta teórico-práctica de Lenin para su teoría del imperialismo, al cual considera caracterizado de la siguiente manera:
- La concentración de la producción y del capital llega hasta un grado tan elevado de desarrollo, que ha creado los monopolios, que desempeñan un papel decisivo en la vida económica;
- La fusión del capital bancario con el capital industrial y la creación, sobre la base de este “capital financiero”, de la oligarquía financiera;
- La exportación de capital, a diferencia de la exportación de mercancías, adquiere una importancia particular;
- La formación de asociaciones internacionales monopolistas de capitalistas, las cuales se reparten el mundo, y
- La terminación del reparto territorial del mundo entre las potencias capitalistas más importantes (Lenin, 1972, Pp. 112, 113).
Una imagen reciente resulta altamente ilustrativa de la actualidad de esta base conceptual para la comprensión del momento histórico que vivimos, en ella aparecen en su última visita a China el presidente de los Estados Unidos, Pete Hegseth, secretario de guerra y los CEO de Tesla y Space X, Apple, Nvidia, BlackRock, Boeing, Goldman Sachs, Qualcomm, Blackstone, GE aerospace, Cargill, Citi y Meta, es decir, la élite del poder corporativo, tecnológico y financiero global cuya gestión de activos equivale aproximadamente al 25% del PIB global.
Acá no se trata ya de la disputa global entre sistemas sociales diferentes, sino de la tensión –predicha teóricamente por Lenin- entre formas diferentes de administración del imperialismo global, con énfasis en el diferente papel que se le asigna en este al Estado que una vez sirvió para la consolidación y globalización del capitalismo.
Ideológicamente, estamos ante el esfuerzo estadounidense por construir un mundo donde no exista quien cuestione, objete, contradiga o intente transformar el mundo del capital financiero en que Washington es el centro del poder global.
Un mundo que fenoménicamente coincida con las reflexiones de Marcuse sobre lo que él denominó sociedad industrial avanzada a finales de la década de los sesenta, una sociedad irracional como totalidad en la que:
Su productividad destruye el libre desarrollo de las necesidades y facultades humanas, su paz se mantiene mediante la constante amenaza de guerra, su crecimiento depende de la represión de las verdaderas posibilidades de pacificar la lucha por la existencia en el campo individual, nacional e internacional. (Marcuse, 1968, Pp. 20)
Estamos ante un imperio en decadencia que ha emprendido una cruzada global para unificar por fin el aparente carácter inobjetable del capitalismo como forma de organización social y económica básica con las formas en que individual y colectivamente habitamos este capitalismo, lo racionalizamos y lo pensamos, eliminando todo horizonte de posibilidades teóricas incluso antes de su expresión lógica y discursiva.
La persecución del inexistente comunismo internacional, declaraciones como el carácter satánico del marxismo (Milei, J., 2026), la unificación retórica de antifa, expresión más o menos espontánea y juvenil del antifascismo contemporáneo, ahora considerado por los Estados Unidos como una organización terrorista internacional (DW.Com, 2025) dan cuenta de esta afirmación. La misma puede ser acompañada, a manera de cierre, con una reflexión de Marcuse:
El análisis crítico sigue insistiendo en que la necesidad de un cambio cualitativo es más urgente que nunca. ¿Quién lo necesita? La respuesta sigue siendo la misma: la sociedad como totalidad, cada uno de los miembros. La unión de una creciente productividad y una creciente destructividad; la inminente amenaza de aniquilación; la capitulación del pensamiento, la esperanza y el temor a las decisiones de los poderes existentes; la preservación de la miseria frente a una riqueza sin precedentes constituyen la más imparcial acusación: incluso si estos elementos no son la raison d’être de esta sociedad sino sólo sus consecuencias; su pomposa racionalidad, que propaga la eficacia y el crecimiento, es en sí misma irracional. (Marcuse, 1968, Pp. 22)
La tarea a la que nos enfrentamos no puede reducirse a la simple desobediencia civil como procedimiento parlamentario, sino que debe manifestarse como un enorme esfuerzo racional, colectivo y democrático para pensar, enunciar y construir otro mundo posible, que nutra un gran movimiento de resistencia civil y permita llegar al momento en que podamos pasar a la ofensiva en la construcción de una sociedad cualitativamente diferente.
Referencias
Lenin, V.I. (1972) El imperialismo, fase superior del capitalismo, Ediciones en lenguas extranjeras, Pekín, Pp. 112-113.
Marcuse, H. (1968) El hombre unidimensional. Seix Barral, S.A., Barcelona, Pp. 20.
Noticias DW (13 de noviembre de 2025) Estados Unidos designa a grupos eruopeos antifa como terroristas. Deutsche Welle, https://www.dw.com/es/estados-unidos-designa-a-grupos-europeos-antifa-como-organizaciones-terroristas/a-74737389
Fotomontaje: Keradó. Fotografías: Casa Blanca vía X y Luisa Gonzalez/REUTERS.
