Por Emil Segundo Pérez Chica
El día en que una piedra tumbó una palabra entera.
Como me encanta caminar, es común que me ocurra lo que les narraré.
En un sendero de esos de La Ronda del Sinú tropecé con una piedra. Me salió de adentro, sin abrir la boca: ¡malparida piedra! Retumbó en algún rincón de mi cráneo, allá donde se dice lo que se piensa.
Como pude, doblé mi cuerpo hacia adelante y alcancé a quedar genuflexo, encorvado un poco, y sobando mi dedo golpeado. Lo que sí verbalicé —sin percatarme de que lo que estaba pensando también podía escucharse— fue: pero la piedra no es malparida. La piedra es la tierra misma. Quizá fui yo quien debió tener más cuidado al patearla. A la piedra no le dolió, a mí sí.
Palpitando el dedo, elucubraba sobre lo acaecido. Al insultar a la piedra no lo hice con ella: insulté a la que la parió, o lo que la parió. Porque eso hace la palabra malparido; no culpa al que nace, culpa a la que pare. Y la madre de esa piedra, sí, es la Tierra misma. Yo la iba pisando.
Por varios minutos pensé en lo que pasa en el mundo cuando creemos que algo es malparido, y al final de cuentas los únicos malparidos podríamos ser nosotros. Digo nosotros porque somos humanos, y hay humanos que probablemente no estaban en los planes de nadie. Que fueron el producto de un solo momento de placer entre un hombre y una mujer, y que nacieron sin que nadie los hubiera querido ver. La piedra no pidió estar en el camino. Ellos tampoco pidieron nacer.
Caminar me hace eso: después de mucho andar llega una euforia tranquila, que los que estudian el cuerpo atribuyen a los endocannabinoides, esos primos de la Cannabis sativa que el propio cuerpo fabrica sin necesidad de fumarlos o consumirlos en ninguna presentación, y en esa calma aparecen ideas que parecen locas, pero tienen su fundamento. Ese día, una piedra me tumbó una palabra entera y me obligó a preguntarle de dónde venía.
La palabra y su historia
Y la palabra tiene su historia. Obviedad: es compuesta. Parir viene del latín parere, que no era solo dar a luz sino también producir, procurar; de ahí salieron los parentes, los que parían, que en castellano terminaron siendo los parientes. Malparir, en cambio, fue durante siglos la manera delicada de decir abortar: parir antes de tiempo, parir mal. Malparido era lo que no debió nacer, o lo que nació a destiempo. Con los años la palabra se fue ‘ensuciando’ hasta volverse un insulto, y ya no nombraba al niño que no alcanzó a vivir, sino al hombre, al sujeto, al ser, que no merecía haber nacido. Ahí está su trampa. Malnacido le echa la culpa al que nace; malparido se la echa a la madre. Por eso duele tanto como un hijueputa: el golpe no ‘pega’ sobre uno, cae sobre ella.
Por allá, a inicios de los 80, cuando aprendía el verbo caribe y la semiótica bucólica, entendí que ser malparido era ser malo, el que tenía todo para dañar algo, a un semejante. Ya, en este siglo, el de las multitudes y las democratizaciones de nuestras supuestas libertades, esas que nos condenan a ser sujetos sociales (que no se note lo sartreano), me he puesto a pensar otras acepciones, una de las cuales ningún diccionario registra: malparido es también el que hizo sufrir al nacer. Y en esa cuenta entro yo. Tenía la cabeza tan grande, tan grande (bueno, la sigo teniendo), que le hice pagar a mi mamá un dolor más hondo, más profundo que el de las demás. Un dolor que, sin embargo, la hizo feliz, no obstante todo lo que luego le provoqué… y que pude sentir el día que la vi ya sin vida en aquel julio del 2007. Ella se llevó de mí mucho de lo que extraño y que no sé nombrar en mis noches de niño grande.
Parir duele, pero no es lo mismo el dolor que se padece que el dolor que se atraviesa para llegar a algo. El de mi madre no fue castigo; fue el precio de una alegría. Malparido, sí. Pero por la cabeza, no por la maldad.
1975: el mundo también estaba de parto
El año en que llegué al planeta del Homo sapiens y del Arca de Noé —al mismo del Sagrado Corazón de Jesús y del Divino Niño— estaba pariendo de todo, sin orden y sin permiso: hablo de 1975. Veinte días antes de la “mia natività”, aquí en la ciudad de las bicicletas, habían enterrado a Juana Julia Guzmán, la mujer que en los años veinte reunió a otras féminas, lavanderas, sirvientas y vendedoras del mercado para que se redimieran ellas mismas, y que pagó treinta meses de cárcel en Cartagena por defender los montes de Lomagrande y de Canalete. Murió rozando los ochenta y tres años, y a su entierro fue mucha gente. Ella salía y yo entraba. Nadie lo notó, a nadie podría interesarle este dato, claro; sin embargo, en este exigente camino de no tirar al traste lo construido, por ser un sujeto pre-IA, uno se entera después, en la investigación, en la exploración, de cosas que pasaron cuando apenas estaba aprendiendo a llorar.
Fuera, el mundo también estaba de parto. Dos semanas antes de mi nacimiento, en Nuevo México, dos muchachos habían fundado una compañía de programas para computadores que se llamaría Microsoft: venía en camino el siglo de las pantallas, vecino de lo que Sartori llamaría Homo videns. Y con las pantallas, los pantalleros. Un tipo de personaje que se ufana de todo, aunque de ello adolezca: de su belleza, de su ropa, de su ‘algo’; en Barranquilla le dicen espantajopo. Ese personaje de esquina iba a encontrar en las pantallas su escenario, y con él empezaría cierto culto a la persona misma que no evitaría el narcisismo social, político… en cualquier dimensión cultural entendida hasta ese momento. No era del todo nuevo: cuarenta años antes, aquel otro malparido, un ministro de propaganda que hizo de la comunicación política un fenómeno de distracción y destrucción humana, ya había usado las pantallas del cine para promocionar el nada indiferente Tercer Reich. Por otra parte, la ONU había declarado aquel el Año Internacional de la Mujer, y en junio el mundo se sentó en México a hablar de las mujeres, como si apenas descubriera que eran ellas las que parían. Juana Julia se le había adelantado a medio siglo.
Y este país, que nunca se queda atrás cuando de parir se trata, también gestaba a los suyos. En Medellín mataron ese año a un traficante llamado Fabio Restrepo, y se dice que la orden la dio un muchacho, un joven malparido (malparido social, una dimensión de malparidismo de la cual no hace parte mi otro tipo de malparidismo conectado al biológico) de Envigado que terminó quedándose con el legado del negocio y, después, con medio país. Por acá, en nuestras sabanas, las más fértiles del mundo —“¡pobrecito del Perú si se descubre el Sinú!”, se repetía en Cartagena desde los tiempos del oro, y aquí terminamos aplicándolo a la tierra—, los campesinos que habían recuperado la tierra empezaban a dividirse, mientras se incubaban los que años después se la iban a arrebatar a sangre y fuego. Ese legado malparido ha sido el insumo para solidificar un poder político que sumergió a la mayoría del pueblo colombiano en una alegría triste, o en una indefensión aprendida —o desesperanza aprendida, las dos formas traducen el concepto de Martin Seligman— que acontece en el escenario de vulnerabilidad que parpadea en el teatro desarrollista del cemento y la infraestructura, que despilfarra y que no suma mucho al signo cognitivo social.
La última camada
Por eso digo que somos los últimos. No quiere decir esto que después no hayan nacido más malparidos —esos no se acaban—, sino que fuimos la última camada parida a la antigua: muchos en un cuarto caliente, entre parteras, Menticol y agua de matarratón; casi todos con pañales heredados, juguetes y monicongos de barro colorado y la letra entrando a fuerza de la correa, del cinturón. Nacimos con un pie en el siglo del barro, del lodo, justo cuando el otro siglo, el de las pantallas, ya estaba naciendo. Nosotros nacimos por donde se nacía: saludando los labios mayores y menores de nuestras madres, brotando con rabia como correspondía al pujido de la mujer, hasta cuando la carne cediera. Los que vinieron después llegaron más rápido y más higiénicos. A ellos ya no se les espera la dilatación: los programan para un día y una hora, como una cita en el calendario, y salen por la gran abertura abdominal que no percibe la anestesiada; esa cicatriz que va a ceder con el tiempo al no olvido y que no es la natural. Hoy en Colombia nacen más niños por cesárea que por parto natural, y en Córdoba, la tierra del río donde nadan las cenizas de Zapata Olivella, siete de cada diez llegan así. Esos tres de cada diez y yo estamos en el listado de los últimos malparidos, un listado de dolor de un mundo que se estaba acabando.
Posdata desde el rincón de la hamaca
Desde aquel 28 de noviembre de 2004, cuando las echaron al río frente a Santa Cruz de Lorica, las cenizas de Manuel, el que llevó el sombrero vueltiao a China y Rusia con su hermana, antes que todo el mundo, se han ido irrigando en el Sinú. Él quería que el río las llevara al mar, y el mar, de vuelta a África. Pero yo sospecho que no todas se han ido. Algunas se han quedado en las orillas, por allá cerca, enredadas en tarullas y en el habla de los pescadores; otras navegan y juegan en los remansos, como quien no tiene prisa por llegar. Y alguna parte de él, creo, se volvió barro de champa: ese barro que se pega al fondo de las canoas de los que todavía viven del río, como vivía Gregorio Correa, el despojado de Tierra mojada. No todo Manuel ha llegado al mar aún. Una parte se quedó aquí, entre nosotros, los de la orilla, y todavía habla con nuestras palabras: las que ofenden y las que abrazan, a veces en la misma boca. De esas palabras, y de cómo un insulto puede ser también un saludo, trata la segunda mirada.
