¿Por qué escribir?

Por Juan Camilo Díaz Moya

“Habiendo un hablar, ¿por qué el escribir?”

María Zambrano

¿Por qué escribir en una época como la nuestra, en la que se privilegia el mensaje breve y la lectura queda relegada frente a otras narrativas? ¿Por qué dedicar tiempo a cocrear un medio de comunicación y opinión, cuando esta se transmite y configura mediante granjas de bots, pequeñas bodegas abarrotadas de cables y algoritmos que moldean realidades con mensajes breves y frases repetidas por quienes recrean contenido? ¿Por qué escribir esta reflexión y apoyar una iniciativa que nace del deseo de construir alternativas comunicativas más colaborativas y autónomas?

Estas preguntas, que también pueden servir de contexto para comprender el presente, me llevan a concebir la escritura como un acto de resistencia, una forma creativa que se niega a desaparecer y renace entre las ruinas homogéneas que deja el capitalismo. En «Los hongos del fin del mundo», Anna Lowenhaupt Tsing nos recuerda que, en medio de la destrucción ecológica y la crisis ambiental, hay seres vivos —como el matsutake— que se resisten a desaparecer y nos demuestran que es posible crear redes colaborativas al margen de las lógicas del mercado. Quiero pensar que la escritura se asemeja a esa resistencia del matsutake: una resistencia del sentido común que se teje entre, con y desde el suelo para comprender el mundo de la vida más allá de las ruinas de una racionalidad hegemónica y homogénea que privilegia los discursos y las narrativas de los poderes económicos, políticos y religiosos.

Como acto de resistencia, escribimos para rumiar la realidad y recoger los acontecimientos que atraviesan nuestras vidas y las de otras personas; aquellos que ocurren en nuestros territorios y también en aquellos otros que se entrelazan con nuestras reflexiones a través de ríos, montañas, humedales, árboles y pájaros. Escribir es resistirse a lo ya dicho, a las fórmulas y recetas de éxito que repiten los políticos, economistas e influenciadores de turno; escribir, por el contrario, es cuestionar los marcos de pensamiento que sostienen a las sociedades modernas, es rebelarse y enarbolar las banderas de lo común o, mejor aún, de un sentido común que apuesta por nuevas formas de comunicación, unas más solidarias que sean capaces de afrontar la crisis del sinsentido que nos refleja el mundo actual.

La escritura, como acto de resistencia, es fruto de la imaginación. Cuando tenemos preguntas, objeciones, dudas y problemas que no pueden resolverse únicamente desde la opinión especializada, la imaginación nos revela la posibilidad de otros modos de ser y habitar el mundo, que en ocasiones nos conducen a un viaje colectivo. Aunque parezca contradictorio, al escribir dejamos atrás la racionalidad individual para abrirnos al encuentro, la conversación y las relaciones solidarias que se expanden como redes, raíces o rizomas, entrelazando realidades y formas diversas de sentido común. Escribimos no solo con la razón, sino también con los ritmos y las polifonías de otros seres vivos: el canto de las aves, los gritos de protesta, el ruido de la calle y el fluir del agua que entra en nuestras casas sin avisar. En ese sentido, la escritura no busca tener la razón, sino perderla, como Ulises y Don Quijote, que se atreven a viajar para tropezar con gigantes, sirenas, monstruos y hongos de la vida cotidiana. Nietzsche comparaba la lectura con la rumia: cuando leemos, nos acercamos a los textos como se acercan las vacas cuando consumen sus alimentos, despacio y reflexivamente. Escritura y lectura son actos complementarios que nos invitan a rumiar la experiencia y la realidad. Volver al sentido común es también volver a nuestra animalidad y al ritmo lento y contemplativo de la rumia, la paciencia, el caminar y la digestión.

Comprender lo que se manifiesta en la realidad y en nuestro entorno implica poner en cuestión las afirmaciones rimbombantes de las nuevas narrativas comunicativas, aquellas que, disfrazadas de tendencias o fórmulas homogéneas, fomentan la dispersión de lo colectivo y debilitan el sentido común. Vivimos una época en la que se privilegia el éxito individual, a tal punto de convertirlo en paradigma de la moral y la organización social. Bajo este panorama, no conocemos lo común porque nos han enseñado a valorar lo privado; nos cuesta imaginar otros mundos posibles porque preferimos apostar por lo que ya está dicho y hecho. Alguien podría objetar que lo común es aquello que hacemos de manera habitual; sin embargo, cuando hablo del sentido común, me refiero a aquello que nos pertenece y que, poco a poco, nos han arrebatado.

Retomando a María Zambrano, ¿por qué escribir? Escribimos para recolectar y reactivar lo que compartimos como humanos. No somos solamente seres racionales y parlantes: escribir es retornar a aquellas acciones que, como el rumiar, caminar, viajar, resistir, imaginar, soñar, cuidar, leer, entrelazar, tejer, sembrar y relacionar, nos permiten expresarnos como seres vivos. Escribimos porque nos oponemos a la racionalidad ruidosa, demoledora y destructiva; escribimos para alejarnos y para comprender qué significa ser campesino o indígena. No escribimos para borrar, encasillar o clasificar. Escribimos porque nos resistimos al poder, porque creemos que somos más que números o datos, porque imaginamos otras posibilidades y confiamos en la potencia de la vida y de nuestro ser colectivo en el mundo.